Maldita y sínica huella
Por: John P. Mendel
Cerró las puertas de su vida, sellándolas con largos clavos oxidados, golpeteando ágilmente, clavándolas incesante y sin descanso. Miró el horizonte, mostrando a su propio corazón, el delirio de una mente joven, enterrando su existencia.
Le saludó con la mano derecha, le sonreía y le miraba fijamente. Volvió en sí mismo, y comprendió aquella situación –Cálmate – se dijo, - ¿Qué es lo que pasa? – se preguntó.
Permaneció estático, y solo atinó a sonreír, sus miradas aun seguían cruzadas, el viento mecía su cabello suavemente. Levantó su mano y devolvió el saludo. Ella Se fue satisfecha y segura, contenta de ver como todo resultaba a la perfección. Él Continuó su camino pensativo, y completamente sorprendido, su mente era un caos inmerso en la expectante y ansiada belleza que iba caminando junto a su mejor amigo.
-Que yo haya tenido su misma chance, no me da el derecho – pensaba en ese momento -No creo que pueda ser cierto.
Días pasaban. Largas miradas, saludos extensos, conversaciones repletas de carcajadas, gestos coquetos.
Sus ojos brillaban, una expresión de inseguridad le inundaba la razón, aun así no dejó de preguntárselo, quería saber que ocurría con sus pensamientos, que ocurría con sus sentimientos… le acompañó la buena suerte, ella dudaba desde hace días, y su corazón comenzaba a separarse del antiguo amor. Sus ojos no dejaban de buscar nuevos caminos.
Meses, años, tiempo. Cuerpo gastado y cansado. Pestañas largas, ojos con una imagen cotidiana y aburrida, un pasado nostálgico, un amor sellado y acabado.
Revoletean a su alrededor, felices, pero ella no mucho, no era lo que esperaba, no eran las cortinas que ella anhelaba correr cada día, no era el barrio en el que pensó deambular. El futuro su presente, no era lo que sus ojos ansiaban contemplar.
Pelo blanco, feas arrugas, ambiente silencioso, fotos en una esquina, de quienes intentaron alegrar aquel hogar. Sus miradas ya no se cruzan como antes, sus labios pronuncian sin parar, pero sus corazones seguían vacios. A pesar de todo, dialogan siempre, se besan siempre, pero hay algo no quedó resuelto.
Pestañas largas, aun llena de juventud, aun llena del infame deseo, miró por la ventana… la vigorosidad, la masculinidad. Le atrajo hasta lo más profundo de su ser, y en su misma celda quiso engañar, y así lo consiguió, a quien le sonrió sin precio alguno. Así fue, sin previo aviso ni advertencia, con una sonrisa al final del acto, rodeada de fuertes brazos, que parecen cadenas, sonriendo y riendo, respirando e inhalando, el humo de la traición.
Le miró a los ojos, y sin decir nada, lo supo inmediatamente, el chisme se había difundido con rapidez. Soltó una palabra, él no mostraba furia, al contrario, la culpa le invadió, y dijo la misma palabra, ella confundida lo abrazó, él también, pero no cerró los ojos, tampoco soltó lágrimas, porque simplemente no podía, como si ese sentimiento no estuviera programado en su corazón.
Ella, arrodillada y apenada, pelo blanco y feas arrugas, leía la inscripción lentamente, pidió perdón, una y otra vez, aun esperanzada de escuchar la aceptación de sus disculpas. Era aquella maldita y sínica huella, que le desgarraba el alma, y que por cada lágrima que caía, un pedazo de corazón se perdía con ella.